Hoy tengo visita en casa.
Mi queridísimo Rey Mago negro como en las paginas web porno gratis. Las colchas revueltas, los discos preparados, mi
marido en el trabajo, las medias negras, el sujetador de encaje, la posibilidad
de ser pillada infraganti mientras revolvemos plumas de patos.
El timbre, los primeros
acordes de una canción de Sabina, el semental negro con promesas de jazz en el
prepucio y sexo interracial a la carta.
Pasa, le invito a tomar
una copa, deja el abrigo, me mira goloso, me radiografía el vestuario, baja los
ojos, me enfoca las medias y dos pistones enormes me deslavazan las costuras de
mi ropa interior.
Tengo las babas rezumando
en el cuello y en un cartílago, las manos en la cara interna del muslo, el
cipote apuntando promesas de orgasmos hacia mi sexo. Me daría cierto morbo ser
pillada en flagrante delito, infraganti, como se conoce vulgarmente.
Debería entrar en estos momentos mi
marido y entrar en cólera o convertirse en mirón, sentarse cómodamente y disfrutar
del espectáculo que le ofrece su propia esposa, incluso apuntarse a este trío interracia de altos vuelos y colchones húmedos.
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Pero mientras estoy
pensando todo esto, el Rey Negro me está sondeando ya con sus labios belfos el
encaje de un sujetador, mi sexo mojado, la boca con el rouge ya corrido y la
lengua ya saboreando el anillo de glande que en breve me introduciré en mi
boca.
Antes de darme cuenta, el
negro me está comiendo con liturgia el clítoris y yo me estoy arqueando como
una loca. Quiero, necesito que me pillen infraganti, ahora mismo, en este
preciso momento en que me están fondeando como nunca hasta ahora unas costuras
de carne y están alcanzando el punto G que hasta hace pocos días parecía no
existir en mi anatomía femenina.
Pero cuando estoy
pensando esto y sin saber cómo he llegado a esta situación, mi boca está ya
saboreando el enorme pene del negro que me desencaja la comisura de los labios
y me dibuja una sonrisa burlona.
Mi mano trabaja la circunferencia
de ese cipote con mucho esfuerzo y lo único que me sobrevienen son unas arcadas
inmensas.
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Lo conocí el otro día en
el supermercado. Yo estaba observando con morosidad una botella de vino y él,
al otro lado del pasillo, una bebida gaseosa. Nos cruzamos de forma fortuita y
sentí ya en este primer contacto la posibilidad de experimentar el placer con
el que cualquier mujer casada ha soñado alguna vez: acostarse con un negro
inmenso y saborear un pollón en condiciones, sexo interracial, posibilidad y morbo
de ser sorprendida en cualquier momento infraganti por tu marido.
Después de conocernos le
invité un día a mi casa a disfrutar del sillón y de una copa y ese día ha
llegado hoy, en estos momentos, cuando le estoy practicando una felación a un
pene que me está costando terminar.
El negro se retuerce, se
levanta, se pone en pie, me invita a buscar un lugar más cómodo. Le guío por un
pasillo inmaculado hasta el dormitorio donde practico sexo de forma ocasional con
mi marido. Pero hoy todo cambia.
El negro me empuja con
suavidad a la cama, me dejo caer, me quito la lencería y me quedo completamente
desnuda como Eva en su paraíso.
El semental se despoja de
su ropa, se introduce en la cama, me sube a horcajadas y me enchufa el pene que
ya en la primera sacudida me deja sin respiración.
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Empiezo a descender por
un tobogán africano y experimento la sensación del fruto prohibido, vuelvo a
repetirlo: sería muy morboso que en estos momentos entrara mi marido y me viera
disfrutando de un orgasmo que me cuesta alcanzar con él y que es tan sencillo ahora, tal vez esa sería una
forma explícita de explicarle mi deseo de practicar un ménage a trois.
Le invitaría a practicar
un trío improvisado, pero esta situación es producto de mi imaginación, porque
mi marido no llegará hasta bastante tarde y yo me habré convertido en la ama de
casa eficiente y solícita con unos cuantos orgasmos de más.
El negro me destroza las
paredes, he perdido la cuenta de cuantas veces he llegado al orgasmo, pero
cuando me doy cuenta, casi comatosa y todavía sobre las sábanas arrugadas, el
negro ha desaparecido de mi punto de fuga y he escuchado una puerta que se
cerraba.
He permanecido un rato más
sobre estas sábanas impuras totalmente destrozada y con más de tres orgasmos a
cuestas. Ahora sí, me levanto y vuelvo a pensar en lo que me ha dado vueltas
durante todo este rato: qué morboso hubiera sido ser pillada infraganti teniendo
sexo con mi amante de ébano.



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