martes, 22 de enero de 2019

Ser lesbiana en la época del me too

Las lesbianas y sus mitos

Vamos a desmitificar uno de los mitos sexuales más controvertidos; las lesbianas, el sexo con ellas.
En un mundo como el actual es muy fácil poner etiquetas en todas partes. Estas etiquetas, por otro lado, nos ofrecen una serie de cualidades y características que comparten aquellos que están incluidos en ellas.

En muchas ocasiones nosotros mismos las adaptamos porque nos sentimos identificados con algunos rasgos comunes o pensamos que formamos parte de un colectivo determinado.
Estos prejuicios favorecen la creación de una serie de mitos que son producto de los estigmas sociales alrededor de aquellas personas que llevan esa etiqueta.
Un claro ejemplo es el de las lesbianas. Son muchos los mitos acerca de ellas y los estereotipos pueden parecer gastados, pero todavía son colocadas en una casilla de la que no pueden moverse a pesar suyo.

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Lesbianismo

Muchas de estas mitologías gastadas están relaciones con los tradicionales roles de género y heterosexuales de pareja.
Por eso vamos a colocarnos unas gafas desmitificadoras para analizar uno de los mitos prohibidos del porno más controvertidos generados en torno a la etiqueta: “ lesbianas”.

  Las lesbianas se parecen a los hombres

Mucha gente cuando ve a una mujer con ropa o estética masculina( pelo corto, ropa de sport, musculada, etc) tiende a calificarla directamente como lesbiana. Y es cierto, en ocasiones, algunas chicas homosexuales presentan esta estética e incluso poseen actitudes físicas que la sociedad atribuye de forma clara a los hombres, como pueden ser determinadas formas de andar, coger cosas e incluso la manera que tienen a la hora de tomar un café.


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Lesbianas en un juego sexual













La expresión de género( la forma como nos presentamos al mundo) no tiene por qué estar íntimamente relacionada con el género con el cual nos identificamos.

La sociedad se encarga de dictaminar que tanto hombres como mujeres deben comportarse de acuerdo a unos roles de género determinados.

Todo aquel que se salga de ese rol manifiesta una expresión de género diferente y en consecuencia transgrede los acuerdos tácitos e invisibles del comportamiento social. Esto es lo que ocurre con las lesbianas consideradas como masculinas por su forma de expresión.

Los roles se presentan como constructos cerrados que imponen incluso características a las personas con las que estas no se sienten cómodas. Por eso es erróneo pensar que las lesbianas son siempre masculinas.
Hay heterosexuales masculinas y lesbianas femeninas, porque hay mujeres que sienten mayor afinidad con el rol opuesto.

 El elemento masculino dentro de la pareja femenina

Desde la posición heterosexual no se saben concebir las realidades sociales si no se comparan con su propia condición. Existe el pensamiento extendido de que una pareja formada por dos mujeres cumple las funciones que un hombre debería desempeñar dentro de una relación heterosexual igual que en las películas porno.

Mucha gente se formula preguntas de este orden, aunque a estas alturas de la película social todo el mundo debería estar familiarizado con el término ”pareja lésbica” y su significado debería dejar de ser considerado algo prohibido. Aun así, vamos a hacer un pequeño repaso y arrojar un vaso de agua sobre ese mito que todavía quema.

Una pareja lésbica es la que está formada por dos mujeres, simple y llanamente. Esto significa que no hay hombres en la relación, por lo tanto, ante la pregunta de quién hace el papel de hombre, la respuesta es bien sencilla: las dos hacen de mujeres porque es lo que son.


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Desmitificando un mito

 A las lesbianas les apasiona el fútbol

De nuevo volvemos a utilizar un lugar común relacionado con los roles de género. Evidentemente el mito es falso, no a todas las lesbianas les gusta el fútbol y lo practican, y por otro lado no todas las mujeres que juegan o les gusta el fútbol son lesbianas, como tampoco, por otro lado, no todos los hombres que practiquen o vean un partido de fútbol tendrían que ser necesariamente homosexuales.

Como se ve la lógica de la desmitificación parece aplastante: No a todas las personas( hombres o mujeres) les gusta el fútbol y las lesbianas son personas. Fin del silogismo.

Ninguna lesbiana se ha acostado con un hombre

Es necesario cuanto antes familiarizarse con el término lesbiana para referirse a aquellas mujeres que sienten atracción física por las personas de su mismo género. 
Existen algunos ejemplos de lesbianas que han tenido relaciones sexuales con hombres y siguen siendo lesbianas, o incluso mujeres que por reprimirse siguen encerradas en el armario y no han tenido experiencias sexuales con otras mujeres incluso deseándolo, sabiendo que son homosexuales.

Si una mujer descubriera que se siente atraída también por los hombres sería bisexual, es decir, una persona que siente atracción por los dos sexos.

 Las lesbianas se masturban pero no mantienen relaciones sexuales

Estamos ante uno de los ejemplos más claros de falocentrismo. Este término hace referencia a que el órgano viril masculino, el pene, es considerado el centro de la sexualidad al configurarse como un elemento fundamental e imprescindible. 
La hegemonía del testículo provoca que las mujeres tiendan a interactuar y experimentar el sexo bajo la presencia del órgano masculino( real o mediante un comprar un juguete sexual o vibrador al mejor precio).

Deberíamos tomar consciencia de que la práctica sexual es un universo en sí mismo y hay infinitas maneras de estimular a las mujeres y hacerlas llegar al orgasmo.

Hay muchas partes erógenas en el cuerpo de la mujer y miles de formas de estimularlas. El "sacar y meter" es una más de las muchas posibilidades que existen. Es por ello que se pueden mantener relaciones sexuales placenteras sin necesidad de recurrir al hombre y es por eso mismo que las lesbianas follan y también hacen manitas, ninguna de las dos prácticas son incompatibles.


Esperamos a haberte ayudado a entender algo más sobre el universo de las lesbianas y a hacer caer este mito prohibido en torno a mujeres  reales, de carne y hueso.

lunes, 7 de enero de 2019

Relato: Sexo interracial infraganti con un REY MAGO NEGRO


Hoy tengo visita en casa. Mi queridísimo Rey Mago negro como en las paginas web porno gratis. Las colchas revueltas, los discos preparados, mi marido en el trabajo, las medias negras, el sujetador de encaje, la posibilidad de ser pillada infraganti mientras revolvemos plumas de patos.

El timbre, los primeros acordes de una canción de Sabina, el semental negro con promesas de jazz en el prepucio y sexo interracial a la carta.

Pasa, le invito a tomar una copa, deja el abrigo, me mira goloso, me radiografía el vestuario, baja los ojos, me enfoca las medias y dos pistones enormes me deslavazan las costuras de mi ropa interior.

Tengo las babas rezumando en el cuello y en un cartílago, las manos en la cara interna del muslo, el cipote apuntando promesas de orgasmos hacia mi sexo. Me daría cierto morbo ser pillada en flagrante delito, infraganti, como se conoce vulgarmente.
Debería entrar en estos momentos mi marido y entrar en cólera o convertirse en mirón, sentarse cómodamente y disfrutar del espectáculo que le ofrece su propia esposa, incluso apuntarse a este trío interracia de altos vuelos y colchones húmedos.



Pero mientras estoy pensando todo esto, el Rey Negro me está sondeando ya con sus labios belfos el encaje de un sujetador, mi sexo mojado, la boca con el rouge ya corrido y la lengua ya saboreando el anillo de glande que en breve me introduciré en mi boca.

Antes de darme cuenta, el negro me está comiendo con liturgia el clítoris y yo me estoy arqueando como una loca. Quiero, necesito que me pillen infraganti, ahora mismo, en este preciso momento en que me están fondeando como nunca hasta ahora unas costuras de carne y están alcanzando el punto G que hasta hace pocos días parecía no existir en mi anatomía femenina.

Pero cuando estoy pensando esto y sin saber cómo he llegado a esta situación, mi boca está ya saboreando el enorme pene del negro que me desencaja la comisura de los labios y me dibuja una sonrisa burlona.
Mi mano trabaja la circunferencia de ese cipote con mucho esfuerzo y lo único que me sobrevienen son unas arcadas inmensas.




Lo conocí el otro día en el supermercado. Yo estaba observando con morosidad una botella de vino y él, al otro lado del pasillo, una bebida gaseosa. Nos cruzamos de forma fortuita y sentí ya en este primer contacto la posibilidad de experimentar el placer con el que cualquier mujer casada ha soñado alguna vez: acostarse con un negro inmenso y saborear un pollón en condiciones, sexo interracial, posibilidad y morbo de ser sorprendida en cualquier momento infraganti por tu marido.

Después de conocernos le invité un día a mi casa a disfrutar del sillón y de una copa y ese día ha llegado hoy, en estos momentos, cuando le estoy practicando una felación a un pene que me está costando terminar.
El negro se retuerce, se levanta, se pone en pie, me invita a buscar un lugar más cómodo. Le guío por un pasillo inmaculado hasta el dormitorio donde practico sexo de forma ocasional con mi marido. Pero hoy todo cambia.

El negro me empuja con suavidad a la cama, me dejo caer, me quito la lencería y me quedo completamente desnuda como Eva en su paraíso.
El semental se despoja de su ropa, se introduce en la cama, me sube a horcajadas y me enchufa el pene que ya en la primera sacudida me deja sin respiración.




Empiezo a descender por un tobogán africano y experimento la sensación del fruto prohibido, vuelvo a repetirlo: sería muy morboso que en estos momentos entrara mi marido y me viera disfrutando de un orgasmo que me cuesta alcanzar con él y que es tan sencillo ahora,  tal vez esa sería una forma explícita de explicarle mi deseo de practicar un ménage a trois.

Le invitaría a practicar un trío improvisado, pero esta situación es producto de mi imaginación, porque mi marido no llegará hasta bastante tarde y yo me habré convertido en la ama de casa eficiente y solícita con unos cuantos orgasmos de más.

El negro me destroza las paredes, he perdido la cuenta de cuantas veces he llegado al orgasmo, pero cuando me doy cuenta, casi comatosa y todavía sobre las sábanas arrugadas, el negro ha desaparecido de mi punto de fuga y he escuchado una puerta que se cerraba.

He permanecido un rato más sobre estas sábanas impuras totalmente destrozada y con más de tres orgasmos a cuestas. Ahora sí, me levanto y vuelvo a pensar en lo que me ha dado vueltas durante todo este rato: qué morboso hubiera sido ser pillada infraganti teniendo sexo con mi amante de ébano.

Ser lesbiana en la época del me too

Las lesbianas y sus mitos Vamos a desmitificar uno de los mitos sexuales más controvertidos; las  lesbianas, el sexo con ellas . En...